lunes, 22 de febrero de 2016

EL VIAJERO DE DÍAS DE SONRISA EN LAS HERIDAS


EL VIAJERO DE DÍAS DE SONRISA EN LAS HERIDAS

 

En Días de Sonrisa en las Heridas, un pasajero viaja en un vehículo llamado tiempo. El pasajero no tiene rostro, no es un viajero concreto y carece de nombre y apellidos conocidos, por lo tanto, puede ser cualquiera que camina a nuestro lado, que se ríe tras una cerveza en un bar de tapas, que colabora en el trabajo con nosotros, que al cruzarse en la calle con semejantes suyos ignora que existen, o que permanece inmóvil, pillado por la belleza de una palabra y no quiere salir de ese deleite, e incluso puedes ser tú mismo. El viajero recrea sueños, recuerdos, fantasías, se entrega a un amanecer desconociendo que le deparará, avanza por las calles con paso firme hacia su destino, desarrolla en su trabajo parte de sus aspiraciones, disfruta en los parques, crece su alma en las salas de exposiciones, fabula en los aparcamientos, se imagina respirando en cada rincón de la ciudad, dona azucenas a los desiertos, compone aventuras en su casa, teoriza con el principio y el fin de las cosas, reflexiona mediatizado por una realidad descarnada, crea en su vida pequeños mundos y pinta de colores las miradas perdidas. De este modo, minuto a minuto va conformando un ser único, un ser idéntico a lo que él quiere ser, tamizado, eso sí, por las sensaciones cambiantes que caracterizan el estado de ánimo. En cada momento se puede tener la ocasión de verse reflejado en una gota de agua, en un músico que alegra la tarde, sobre los manteles de un aniversario, en un día que aún no se ha vivido, al lado de los semáforos del deseo, en el libro olvidado de un estudiante, junto al calor de un corazón enamorado, y, por eso, sería un error pasar sin dejar una huella que sirva de apoyo a los que necesitan el aliento de los que les rodean. Esto nos conduce a pensar que no deberíamos mirar para otra parte, porque cada vez se hace más necesario dejarse llevar por una sonrisa, y no por una amargura. A lomos de las metáforas que la vida real le ofrece, el viajero añade paradojas y certezas a una existencia que necesita beber en un manantial, que le aporte nuevo alimento en cada sorbo. A medida que pasan las horas, el día se dirige a su fin, y en ese transcurso emergen demasiadas rémoras que se fijan a nuestros pies. Una de las más potentes y pertinaces es la rutina con sus embaucadoras sirenas. Pero cada lugar, cada vivencia le aportan las fuerzas necesarias para vencer la monotonía atorante y el desaliento provocado por la desilusión de los fracasos de las personas, que, unas veces por endiosarse, y otras por deshumanizarse, terminan por perder la original esencia del ser racional, capaz de reconciliarse con la naturaleza y de desplegar su bondaz. El viajero busca el lado humano de la acción del hombre, y en ese lugar encuentra el sosiego y felicidad, ingredientes determinantes para seguir su camino. Se sabe dueño de sus decisiones y plenamente consciente de que la felicidad no está en la meta sino en el viaje hacia la misma.

 

Manuel Camuñas

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